Queremos un árbol de Navidad!

Unos días antes de Navidad, muchas familias con niños adaptan sus hogares a estas tradicionales fiestas con adornos navideños, árboles y belenes. Este suele ser un momento familiar entrañable lleno de situaciones tranquilas y totalmente coherentes que quedan en el recuerdo de toda la familia.

Mis hijos hacía días que me presionaban para poner el árbol, ya que en su escuela ya llevaban unos días decorando y montando el belén, y claro, cómo íbamos a ir más tarde que en la escuela!

Así que decidimos ir a comprar un árbol, ya que el del año pasado lo tuvimos que tirar por viejo, y de paso también unos adornos. Ya en el hiper, lo primero fue hacerles entender que el árbol sería de plástico y no de verdad. “Pero porqué?” Porque no tenemos jardín para plantarlo. “Pero lo podemos plantar delante de casa” Sí, pero esto sería en la calle. “Bueno, pues lo compramos de plástico pero lo regamos y así crecerá“. No, no, los árboles de plástico no crecen. No, ni algunos ni ninguno, no crecen. Y aunque siguen teniendo esperanza, al menos los hemos convencido de que no le echen agua.

Segundo punto: escoger el árbol. Obviamente ellos lo tenían clarísimo: el de dos metros. Unas lecciones rápidas de ubicación espacial: “Éste árbol no cabe en casa y punto!” De acuerdo, cogemos el de metro y medio y al carro. Los niños encima de la caja, vamos a comprobar la calidad según el peso que soporte. Total, aún no lo hemos pagado…

Y vamos a por los adornos, tarea fácil y conciliadora donde las haya: “yo quiero bolas azules”, “yo quiero bolas rojas”, “pues yo quiero una estrella muy grande”, “necesitamos muchas tiras brillantes”, “y piñas y regalitos”, “coge el paquete grande!”. A este paso sí que necesitaremos el árbol de dos metros… Cargados con el árbol y mil bolsas de adornos, llegamos a casa.

Abrimos la puerta de casa y entramos los paquetes. En el momento de cerrar la puerta, mágicamente la caja del árbol ya está abierta en el comedor. Casi tan rápido como comerse un plato de verdura. Empezamos a montarlo siguiendo las instrucciones. Donde pone poner una rama tamaño “D”, me pasan una “E”, para hacerlo más emocionante, y para abrir las ramas, naturalmente nunca en línea recta! Cuantas más curvas mejor, así quedará bien original.

3 horas después el árbol está más o menos montado. A decorar! Recuperamos los adornos del año pasado y los juntamos con los que hemos comprado. Ocupan todo el suelo del comedor, pero no sé si tendremos suficientes… Nos encontramos la mitad de las bolas del año pasado mordidas o rotas. En qué momento las hemos dejado al alcance del perro? Regañina para el perro. Miramos los desperfectos, las marcas parecen de una niña de dos años, pero no puede ser, porque nuestra hija no hace estas cosas. Ni rompe, ni muerde, ni estropea! Las tiramos.

Ponemos las bolas nuevas. Tu me la pasas, yo la cuelgo en el árbol. 1, 2, 3, … 25, 26, … 40, 41… 55… seguro que tenemos tantas bolas? Sí, claro, piensa la niña, además es muy divertido ver como las pones. Por esto yo las voy descolgando y te las vuelvo a pasar. Han pasado ya tres días y seguimos así. Ella descuelga, yo cuelgo.

Y al final, después de las piñas, regalitos, lazos y estrellitas, las tiras brillantes. Contrariamente a las ramas del árbol, las tiras brillantes sí siguen una línea recta, pero para esto hay que tirar bien fuerte de los dos extremos. Esto tiene la ventaja de provocar una lluvia de tiras brillantes que queda muy navideña en todo el comedor. Impiden sentarse en el sofá o utilizar la mesa, pero para qué lo queremos, si tenemos tiras brillantes?

Todo un fin de semana después, conseguimos tener un árbol de Navidad para hacerle la foto. Hoy en día, si no tienes una foto para llevar al cole no eres nadie. Doy el capítulo adornos navideños por terminado, suerte que no me han pedido un Belén. De momento…

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